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El kitsch y el cuerpo/2

La muerte de los Señores

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Martín Ramírez

La escatología de la pintura

El Kitsch y el cuerpo, parte II

por Keith Miller

Cuando hablamos del Kitsch se sabe que trata de un nivel supuestamente inferior de la cultura. Aunque se puede, es poco probable que alguien vaya hablar de las sinfonías de Beethoven o de las pinturas de Rembrandt y referirse al kitsch. Claro que se pueden sacar elementos dentro de ellos que tienen un sentido cursi o acaramelado, pero eso no quiere decir que las llevan hasta el borde del kitsch. Para eso se requiere una plenitud de esas cursilerías o bien algo que se aparta de lo acceptable de los términos estéticos provenientes de la historia del buen gusto.

Sin embargo el kitsch no es un producto de la cultura popular sino de una cultura desechable y transitorio. Su temporalidad es precisamente una de sus cualidades predilectas. Por contradictorio que parezca, es ésta la que le da, en la actualidad, una suerte de trascendencia. Porque es el nuestro un tiempo de lo efímero y por eso lo que tiene valor pasajero se ve como representante de ello. Y, ¿qué es más inestable que la vida? ¿Qué es más seguro que la muerte?

"El sentido real del Kitsch es el miedo, el rechazo a la muerte hecho por amas de casa quienes amontonan, como en contra de un fantasma, para no enfrentarla, un diluvio de pequeñas ternuras familiares... El Kitsch es irreversible, el Kisch verdadero es inaprovechable... Arte Popular, juzgado por la clase'Œculta,' nunca es Kitsch: incluso en casos extremos es perfectamente reversible. El verdadero Kitsch no es del pueblo, es ... irreversible". (Lina Bo Bardi)

Quizá se confunde un poco aquí: no son las amas de casa las portadoras del virus kitsch, somos todos en la actualidad. La sociedad se ha vuelto miedosa de la muerte, hasta aquí en México donde la muerte recibe altos honores cada otoño. Porque un subtexto irracional de la modernidad occidental es precisamente que la muerte no necesariamente tiene que existir. La podemos negar por medio de los avances tecnológicos. Así el kitsch se amplía y llega precisamente hasta donde se quisiera negar. La cirugía plástica es, en este sentido, el acto kitsch por excelencia. Es sumamente transitoria, intenta huir de la muerte, era y ha sido vista de mal gusto y ahora se ha vuelto aceptable, y hasta de buen gusto. Aquel giro lógico es un reflejo contemporáneo del joven Rimbaud quien también se fue de la marginalidad hasta la moda.

Tanto se ha aceptado esa forma extrema del kitsch, la cirugía plástica, que una artista francesa está ocupándose de la tarea de hacer arte con ésta. Su trabajo artístico consiste en un proceso de transformación corporal por medio de dicho acto, hasta conformar una mujer ideal. Toma secciones de grandes imágenes a lo largo de la historia del arte, como la Venus de Botticcelli, e instruye al doctor de hacerse así.

En este fin de siglo tan repleto de extremos e hipérboles no debe sorprender que una persona llegue a tal punto. Es el cuerpo el campo de debate de cada momento, aunque se piense que son las ideas o el espíritu los que están en juego.

Así se puede preguntar si los que ahora andan con tatuajes y 'piercings' (perforaciones corporales) también juegan con el Kitsch. Pues la naturaleza del Kitsch es tal, que las respuestas tendrían que ser una para cada persona. Cada quien define los términos de su entrega y sí, efectivamente, hay muchos que trabajan su cuerpo con un tono irreversible y con miedo de la muerte. Otros, claro, hacen el mismo acto precisamente como forma de aceptar la muerte, pero quizá une a los dos campos el hecho de que se van decididamente en contra de lo que se ha establecido como buen gusto. Ese rechazo es, para muchos, la razón central de su llamada "auto mutilación." Si se reconoce que el cuerpo es el último campo de todas las batallas, y que la cultura de algunos no es 'válida' ( según quienes tienen el poder), el acto de deformar, o mejor dicho, 'transformar' el cuerpo en contra de un paradigma que va en su contra es un acto rebelde y reivindicador. Es así una toma de posesión de la única cosa que se puede saber con certeza que sea suya. Si bien asombra a la gente que alguien desee meter aretes en su labio, sus órganos sexuales (hombres y mujeres), su nariz, etcétera, también puede desconcertar una transfiguración del cuerpo con fines vanidosos.